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Nacimiento de fantasmas, Marie Darrieussecq
3 Puntos, 25 de octubre de 1999

No toda historia que aparenta ser simple, banal y triste tiene por qué serlo. Casi todas las obras maestras de la literatura no son más que simples y tristes banalidades llevadas al punto límite: la historia de un hombre que trata empecinadamente de volver a casa, la de otro al que las novelas le perturbaron la mente, la de otro que para justificar que es Napoleón debe asesinar a una vieja usurera. Pero hay otras que aparentan ser simples, banales y tristes, y efectivamente lo son. Nacimiento de fantasmas cuenta la historia de un hombre que yendo a comprar pan desaparece y de una mujer, la suya, que lo espera. La mujer abrirá la heladera, encenderá el televisor, llamará por teléfono a su mejor amiga, recorrerá el barrio buscando algún indicio de su marido, mojará sus dedos en una fuente, saludará a unos vecinos, visitará a una panadera, verificará in situ las teorías de la física cuántica, se duchará, fumará un cigarrillo, irá al supermercado. La lista, obviamente, sigue. Que se trate de una novela sobre el dolor, el amor y las relaciones humanas (tal como reza la contratapa) no cambia nada: todas las novelas tratan de eso. Probablemente se trate de una incapacidad o cierta insensibilidad esta vez encarnada en el lector, pero la lectura de esta novela le deparó el mismo placer que la lectura de la guía telefónica. En cualquier caso, la lectura de este libro le deparó al lector dos únicas emociones distintas y diferenciadas: tomar consciencia de que desconocía el significado de la palabra “arbotante”, por ejemplo, y encontrarse, al dar vuelta la página, con “la presencia de las martinetas encima de las balsaminas” (algo así como perdices posadas en una planta de flores amarillas). Cosas así, siempre tan tristes.